Misioneros de los Santos Apóstoles
Somos Misioneros de las Vocaciones
Inicio      Voces      1


Hacerse Misionero de los Santos Apóstoles
 
Tu corazón tiene grandes deseos
"Te aliviaré"
 
        Dijo Jesús: "Ven y ve"
 
 
Elige tu carrera
 
¡Tú que eres adulto y que quieres comprometerte, bienvenido! La elección de tu carrera depende de lo que eres, de tus gustos, tus aptitudes, tu capacidad de amar. Tu elección de vida debe permitirte vivir feliz y en armonía contigo mismo, con otros y con Dios.
 
Responde a tu llamada
 
La vocación es una respuesta a una llamada interior. Estas llamado a ser alguien y hacer algo que te sobrepase. Como cristianos, creemos que Dios se comprometió con nosotros desde el principio de la creación, que está presente en el mundo y en cada una de nuestras vidas. Dios llama a cada uno a realizarse plenamente en una vida de servicio y de amor. En distintos momentos de nuestra vida y diferentes maneras, Dios nos desafía personalmente.
 
Observa a Jesús
 
En su amor por nosotros, Dios nuestro Padre eligió a Jesús, su Hijo, para realizar su sueño de amor de reunir a toda la humanidad en una gran familia de hijos de Dios. La respuesta de Jesús fue simple y directa: "Aquí me tienes, Padre, para hacer tu voluntad" (Hebreos 10,7). Del mismo modo, Dios eligió y llamó a la Virgen María, a esta humilde mujer de Nazaret, para ser la madre de Jesús. Su respuesta fue generosa, a pesar de la incertidumbre de tal aventura. Ella respondió sin vacilar: "Estoy a tu servicio mi Señor, mi Dios" (Lucas 1,26-38).
 
¿Y tú, que piensas?
 
Tú también, eres un niño de Dios. Tú eres un llamado. Debes dar tu respuesta. No para mañana, sino hoy mismo. ¡Nadie puede hacerlo en tu lugar! Dios nos creo para que lo conozcamos y  lo amemos sobre todo. ¿Cuál es tu papel como hijo o hija de Dios? ¿Qué clase de persona Dios te llama a ser y a devenir? ¿Cuál es tu compromiso de vida, tu proyecto, tu sueño, tu vocación y tu misión sobre esta tierra?
 
Tu respuesta, una cuestión de amor
 
Como para el joven hombre rico del Evangelio. Jesús, al colocar su mirada sobre él,  lo amó (Marco 10,21). Es lo mismo, hoy, para ti. Jesucristo te observa y  te ama. ¿Tú que lees estas líneas, cuál es tu respuesta?
 
Hay en ti una gran capacidad de amor. Esta fuerza de amor que Dios depositó en tu corazón  espera su liberación e intenta por toda clase de medios a expresarse y a desplegarse en la urgencia de una tarea a realizar.
 
La vocación es una respuesta de amor al Amor divino recibido en nuestro nacimiento y más manifiestamente el día de nuestro bautismo. Viendo tu deseo de ser alguien a su servicio y al servicio de los otros, Dios va a significarte su apoyo y su bondad. Te dará fuerza y valor para llevar al cabo tu vocación, más allá de tus miedos e inseguridades.
 
Las cuatro escogencias posibles
 
¿Pero, cómo vas  a explotar tus fuerzas de amor y tu capacidad de amar a Dios y a los demás que te ha confiado? Podemos decir que hay cuatro vías principales para comprometerse de manera concreta a  vivir el amor:
 
- En el matrimonio
- En el celibato
- En el presbiterado
- En la vida religiosa
 
Ahora voy a intentar algunas precisiones sobre esas cuatro distintas vocaciones. Eso te ayudará, lo espero, a descubrir dónde serás feliz, fiel a ti mismo, a los demás y a Dios.
 
Vivir el amor en el matrimonio
 
El camino más frecuentado por la mayoría de la gente es el matrimonio. Es el amor entre un hombre y una mujer (hoy, conviene decir: entre dos seres humanos, sin más, para no pasar por sexistas) que se eligen, se prometen fidelidad en el éxito como en la adversidad, hasta el momento en que la muerte los separe. Estas personas viven su amor en relaciones psicológicas y espirituales, en relaciones físicas y sexuales. Este amor tiende a abrirse y a realizarse  con la venida del niño. Su amor se extiende a los demás y al mundo, a través su trabajo profesional y su compromiso en su comunidad (pueblo, barrio, parroquia, catequesis, movimientos, comités, grupos de crecimiento, etc.
 
Los signos de esta vocación son: un deseo y una necesidad continúa de la presencia  la persona que quieres. No puedes renunciar a esos encuentros enamorados. Sin la presencia de esta persona, no funcionas bien. Siempre en búsqueda de un vacio a colmar, pierdes tu dinamismo y no entrevés el futuro con éxito, sin ella.
 
Cuando piensas y sueñas a esta persona, te estás imaginando fundando un hogar. Sueñas con el plan de instalarte convenientemente y a ahorrar dinero con el fin de tener un día una familia. Estás dispuesto a sacrificar muchas cosas y a trabajar  duro para poder vivir con esta persona que quieres en tu corazón y  que esperas siempre encontrar.
 
Son señales que Dios te llama probablemente al matrimonio. Si esto sucede, prepara juiciosamente ese matrimonio de amor. Ruega para el éxito de esta unión y no tengas miedo de seguir cursos de preparación al matrimonio. Un matrimonio de amor es un camino de felicidad para la pareja, la familia y los niños.
 
Vivir el amor en el celibato
 
Son dos los caminos que se viven en el celibato: el presbiterado y vida religiosa.  En esos dos estados de vida, se viven el celibato voluntario. La vía del celibato es una elección libre que permite al amor de ampliarse y abrirse fuera de las relaciones matrimoniales. Orienta el amor más allá de la exclusividad de las relaciones entre dos personas.
 
La vocación del celibato elegido voluntariamente es lo contrario del estado del soltero endurecido que no encontró el amor humano. Los solteros por vocación son personas que aman a la gente, tienen amigos y buenas relaciones sociales. Sin embargo, no sienten la necesidad de querer construir su vida sobre una relación privilegiada con otra persona. En general, estas personas no tienen miedo de la soledad y valorizan la libertad y la independencia.
 
¿Si no has encontrado el alma hermana, y que  eso no te preocupa sobremanera, que gozas de un buen círculo familiar y social en torno a ti, quizá tienes la vocación del celibato? Lo importante para ti es seguir siendo disponible y abierto con el fin de elegir juiciosamente el camino vocacional que te conducirá hacia la felicidad.
 
Vivir el amor en el presbiterado
 
Las personas llamadas al presbiterado son individuos a quienes Jesús elige hoy para prolongar su obra de amor en la Iglesia y en el mundo. El sacerdote vive del amor de Cristo, como don y apertura hacia los demás. Testigo radiante de este amor, el sacerdote debe (actualmente) vivir en el celibato sin atadura exclusiva a una persona en particular, para hacerse disponible a todas las personas que quieren amar como Jesús nos amo, en todo respeto y don de sí mismo. Conviene recordar también que este camino del sacerdocio, vivido en el celibato,  es algo proprio a la Iglesia Católica de Occidente.
 
Si sientes a veces un deseo aun vago, pero persistente de hacerte sacerdote, sin saber cómo aclararlo, quizá es un indicio de una posible vocación. Si este deseo de entregarte en un amor universal exigiendo lo mejor de ti mismo, persiste, es posible que Jesús te esté haciendo algún signo. Pregúntate si te gusta volver a menudo tu mirada hacia Dios para hablarle espontáneamente y confiarle tus proyectos y tus secretos? ¿Eres une persona de oración espontanea? ¿Te confías a Dios, en tus momentos difíciles y en tus alegrías? ¿Es la Eucaristía   un momento privilegiado de encuentro y de recurso para ti?
 
Otras señales acompañan esta vocación. Por ejemplo, ser naturalmente generoso y abierto a los otros, compadeciéndose a las miserias y los sufrimientos de la gente. Desear que todos los humanos vivan en paz, en la justicia, en el respecto de su diferencia. Saber respetar las personas en autoridad, sin estar siempre de acuerdo con sus opiniones. Ser capaz de trabajar en equipo con laicos, especialmente con les mujeres. He aquí, algunos signos que demuestran que alguien pueda ser llamado al presbiterado.
 
Para aclarar tu situación, no tengas miedo de consultar a un sacerdote, a un religioso, a una religiosa o a cualquier otra persona de confianza que te pueden ayudar a ver más claramente  tu vocación, o que te sugerirán a alguien que te acompañará en tu búsqueda.
 
Vivir el amor en la vida religiosa
 
Dios pide a algunas personas vivir de una manera radical el amor-caridad. Esas personas pronuncian lo que llamamos los Consejos evangélicos de obediencia, pobreza y castidad.
Estas personas viven en comunidad (en una familia de hermanos o de hermanas) donde comparten su tiempo, su salario, su generosidad, su fe, sus sueños,  sus alegrías como sus sufrimientos. Voluntariamente delimitan su libertad y practican la caridad universal. Viviendo en comunidad, la mayoría llevan una vida activa en compromisos de toda clase. Pero un determinado número de esas familias religiosas, en la Iglesia (llamadas les Comunidades religiosas contemplativas)  se dedican principalmente a una vida centrada en el la oración y la contemplación.  Son los monjes y monjas.
Los signos más evidentes son: el gusto de la oración  y el deseo firme de desarrollar este gusto; una determinada búsqueda de la soledad; un firme compromiso con la persona de Jesucristo; una franca independencia y libertad frente al dinero, a la posesión de los bienes materiales.  Estas personas se satisfacen con una vida simple, equilibrada y armoniosa. Buscan el bien de todos y evitan toda competición.
 
Si el hecho de vivir en grupo te estimula y te vuelve más libre y creador, es posible que tengas la vocación religiosa. Consulte a un acompañador vocacional. Te ayudará a clarificar tu vocación.
Ahora sugiero algunas lecturas bíblicas que te ayudarán a escuchar mejor la llamada personal de Dios en tu interior.
 
Algunos relatos de vocación
 
- Vocación de Abraham
                     Génesis 12, 1-5
- Vocación de Moisés
                     Éxodo 3, 1-6, 9-12
- Vocación de Samuel
                     I Samuel 3, 1-10
- Vocación de Eliseo
                    I Reyes 19, 16-21
- Vocación de Isaías
                    Isaías 6, 1-8
- Vocación de Jeremías
                    Jeremías 1, 4-9
- La vocación: un fuego que devora
                    Jeremías 20, 7-9
- La vocación de todo cristiano
                     Juan 4, 1-30
                     
- La vocación de la reconciliación
                    2Corintios 5, 14-20
- Perderlo todo para ganar a Cristo
                     Filipenses 3, 8-14
- Este honor, se lo recibe por llamada de Dios
                    Hebreos 5, 1-10
- La cosecha es abundante
                    Mateo 9, 35-38
- Una única cosa te falta
                     Marco 10, 17-27
- Lo que recibirán los que dejaron todo
                     Marco 10, 28-30
- Pasar a ser pescadores de hombres
                     Lucas 5, 1-11
- Seguir a Jesús sin reserva
                     Lucas 9, 57-62; 14,25-33
- Vocación de los primeros discípulos
                     Juan 1, 35-51
 
                                          ¿Qué signos para la vocación m.s.a.?
 
El signo más significativo es  querer vivir el Evangelio siguiendo los pasos del fundador: el Reverendo Padre Eusebio Ménard.
 
Querer servir al mundo ayudando a la Iglesia y trabajando para las vocaciones.
 
Encontrar su lugar en la espiritualidad del Cuerpo Místico de Cristo para vivirla como un beneficio y descubrir en ella la dirección que deberás dar a toda tu vida.
 
Gustar suficientemente la humanidad de Jesucristo para contemplarla y encontrarlo en el corazón de tus hermanos y hermanas (saber ver, detectar y distinguir la vocación eclesial de cada uno).
 
Querer adjuntarte otros (miembros y laicos) para trabajar juntos a subvenir  a tus necesidades financieras y las de tu comunidad local (como lo recomendó  San Pablo: « ¡Él que no trabaja, no coma!).
 
Estar disponible y dispuesto a cambiar de país para servir en la Iglesia universal con colegas del mundo entero.
 
Esta vocación se vive en la gran familia los Misioneros de los Santos Apóstoles, como laicos, y en la Sociedad m.s.a.,  como sacerdotes, hermanos y hermanas
 
 
 
"¡Desdichado soy, si no despierto, en los bautizados,
la gracia vocacional de su bautismo!
¡Desdichado soy, si apago
la llamada vocacional de nuestro  Señor Jesucristo
en uno de mis hermanos que me ha sido confiado!
¡Desdichado soy, si por mi conducta
alejo a uno de mis hermanos de la Iglesia,
de la fe y de Dios!
 
Padre Mario Morín, m.s.a.